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Como Cortar Las Uñas De Las Manos Cuadradas

octubre 4, 2022

Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba ser observada y jamás ocultaba el muñón. Mi hermano, que también visitaba la vivienda, vio esas indicaciones y también logró ese viejo ritual una noche.

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Estaba cerrada con llave. Que por favor no suene, que no suene, recuerdo de que recé así, de que repetí eso en voz baja, con los ojos cerrados. Desearon que yo los acompañara y acepté por el hecho de que no deseaba dejarlos. No podían entrar solos en la oscuridad. No escucha la voz de la vivienda.

«La Vivienda De Adela», Un Cuento De Mariana Enriquez

Lo deseaba con un fervor extrañísimo para un chico de once años. No entiendo, nunca pude comprender qué le logró la casa, de qué manera lo atrajo de esta manera. Pues lo atrajo a él, primero. La casa no tenía nada especial a primera vista, pero, si se le prestaba atención, había datos inquietantes.

Pablo le solicitaba «esperá, esperá» cada tres pasos. Ella hacía caso pero no sé si nos escuchaba precisamente. Cuando se daba vuelta para mirarnos, parecía perdida. En sus ojos no había reconocimiento. Afirmaba «sí, sí», pero yo sentí que ya no nos charlaba. La iniciativa de ingresar en la vivienda fue de mi hermano.

«La Vivienda De Adela», Un Cuento De Mariana Enriquez

Me lo sugirió primero a mí. Le dije que se encontraba desquiciado. Necesitaba entender qué había pasado en esa casa, qué había adentro.

Nosotros empapados, con pilotos amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La madre de Adela desmayada bajo la lluvia. Sentí que el zumbido me ensordecía y me puse a llorar. Abracé a Pablo, pero no dejé de ver.

Las ventanas estaban tapiadas, cerradas absolutamente, con ladrillos. ¿Para evitar que alguien entrara o que algo saliera? La puerta, de hierro, estaba pintada de marrón obscuro; parece sangre seca, dijo Adela. Hay una pintada sobre la puerta que me sostiene afuera. Aquí vive Adela, ¡cuidado! Imagino que la escribió un chaval del barrio, en chiste o desafío.

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Mi madre me dio un cachetazo cuando charlé de los estantes y de la luz. «¡La vivienda está llena de escombros, mentirosa! La madre de Adela lloraba y solicitaba «por favor, dónde se encuentra Adela, dónde se encuentra Adela». Los tres juntos pasamos a la próxima salón. La casa se sentía más grande de lo que parecía desde afuera. Y zumbaba, tal y como si viviesen colonias de bichos ocultos detrás de la pintura de las paredes.

Cien Años De Soledad – Gabriel Garcia Marquez

Pasaban horas ahí, sentados, en silencio. La gente que pasaba por la vereda, los vecinos, no les prestaban atención. No les parecía extraño o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre. —Bla bla bla —le decía mi hermano, y la hacía plañir.