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Como Hacer Que Mi Gato No Saque Las Uñas

octubre 5, 2022

Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras que escribo tan condenable atrocidad. El cariño del gato por mí parecía aumentar en exactamente el mismo grado que mi aversión. Proseguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus aborrecibles caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho.

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A lo largo de ciertos minutos había estado viendo dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y completamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría prácticamente todo el pecho.

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Me gustaban especialmente los animales, y mis progenitores me permitían tener una extensa variedad. Pasaba a su lado la mayoría del tiempo, y jamás me sentía más feliz que en el momento en que les daba de comer y los acariciaba. Este aspecto de mi carácter creció conmigo y, en el momento en que llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de exitación. Esos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la remuneración que recibía.

Era precisamente lo contrario de lo que había adelantado, pero –sin que pueda decir de qué forma ni por qué– su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. ¡Que Dios me resguarde y me libre de las garras del archidemonio! Solamente había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde en la tumba. Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía.

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Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le dejé que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se habituó a ella inmediatamente y se transformó en el enorme favorito de mi mujer. Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiese mis preferencias.

Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que frecuentemente frecuentaba, algún otro de la misma especie y fachada que pudiese ocupar su rincón. No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no deseo dejar ningún eslabón incompleto. Al día después del incendio acudí a conocer las ruinas. La que quedaba de pie era un tabique divisorio de poco espesor, ubicado en el centro de la vivienda, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho.

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Desquiciado estaría si lo esperara, en el momento en que mis sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy desquiciado y sé realmente bien que esto no es un sueño. Mi propósito inmediato radica en poner de manifiesto, simple, concisamente y sin comentarios, una secuencia de episodios domésticos. Las secuelas de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido.

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Al cuarto día del asesinato, un conjunto de policías se presentó inesperadamente y procedió a una exclusiva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era inescrutable, no sentí la mucho más leve incomodidad. Los oficiales me solicitaron que los acompañara en su examen.

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Hay algo en el desprendido y abnegado amor de un animal que llega de forma directa al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil lealtad del hombre. Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos forzaba a vivir. El gato me prosiguió mientras que bajaba la empinada escalera y estuvo a puntito de tirarme cabeza abajo, lo que me exasperó hasta la locura.

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